Hay días de esos, en el que no es la gran catástrofe la que te destroza, sino todas las pequeñas molestias e irritaciones que pueden llegar a detonar la bomba atómica que todos llevamos dentro. De entrada, te levantas con un inexplicable y atroz dolor de cabeza (y más atroz aún porque no hubo fiesta que justificara) que te obliga a desayunar dos aspirinas. Te quieres meter a bañar a las 5 de la mañana, y el trinche calentador de agua o no funciona o te regala de mala gana CINCO minutos de agua caliente. Estás a mitad de las escaleras y te das cuenta que olvidaste el celular / la lonchera / la presentación / el USB o alguna tontería por el estilo. Por fin te subes al taxi, preguntando amablemente si tiene cambio de 50 y el tipo te mienta la madre, y el siguiente taxi trae los cinturones de seguridad por fuera, pero los broches por debajo del asiento, y cuando el taxímetro marca 14.20, indefectiblemente te cobran 15.
Okey, ya que se logró sobrevivir al trayecto a la oficina, tratas de relajarte, nomás para no seguirte llenando de piedritas el hígado (en mi caso, la vesícula). Y entonces te topas con la linda actitud de algunos compañeritos que parece que no se los cojieron bien anoche y aparte desayunaron gallo con huevo y no son felices si no te están chingando la madre desde tempranito por pendejaditas. ¡Y solo es el principio del día!
En resumen, que terminas reventando con el siguiente cristiano / musulmán / católico que te salga con otra chingadera, y entonces la etiqueta: que qué pinche mal carácter, qué poca madre, qué mal compañero, coño, que no se puede ni hablar contigo, etcétera, etcétera, etcétera.
Me cae que es cierto: el diablo debe estar muerto de risa, porque nosotros solitos nos torturamos de formas que a él seguro no se le habrían ocurrido.
