Bien. Por fin, con un largo suspiro de alivio, aquí estamos después del caos que representó matrimoñarnos por la federal. Bendito sea Dios, no tenemos por qué volver a aguantar tanta estupidez social jamás en la vida, porque ni crean que habrá matrimonio por la iglesia, oh, no. Con esto fue más que suficiente.
Después del desmadrote que significó tanto pancho social, lo único que he encontrado realmente frustrante es esta cavernícola costumbre de obligar a las pobrecitas casadas a integrar el apellido de sus respectivas otras naranjas en el propio. Tener que eliminar el matronímico, de por sí desprestigiado, para ponerle un "De Perez" o como carambas se apellide el interfecto francamente me enferma.
Y lo menciono únicamente porque el día de hoy que fui a tramitar visa para gringolandia, que afortunadamente me "otorgaron" (cuac) sin más panchos, tuve que declarar en el papelito de solicitud que ahora también me llamo "De XXXX", y la neta me repateó el hígado. ¿Qué acaso firmé convenio en plantación algodonera o me colgué una placa perruna para que me obliguen a decir que le pertenezco a alguien? ¿Dejé de ser yo misma para convertirme en accesorio de otro individuo? ¿La casada vale menos que la soltera, o la soltera menos que la casada?
Y vuelta la burra al trigo: ¿por qué conservamos este tipo de costumbres estúpidas del siglo antepasado mientras dejamos perder los buenos modales, el recato en las funciones corporales (me carga el payaso de estiércol cuando oigo a los majes adolescentes eructar sonoramente en la calle), hablarle de usted a los mayores...? Bueno, ustedes me entienden, ¿no? Esas lindas costumbres que nos facilitan la convivencia están desapareciendo, y nosotros todavía escuchamos en el Registro Civil:
"Se comprometen ambos por su voluntad a formar una sociedad cuyo objetivo fundamental es la preservación de la familia y la protección a la infancia"
Casi vomito.
Lo bueno es que no me leyeron la estúpida Epístola de Melchor Ocampo. Me hubiera rajado ahí mismo.
